Bajo cada arco románico late un equilibrio perfecto entre gravedad y ajuste. Las dovelas, talladas con perseverancia, se acompañan como dedos entrelazados resistiendo crecidas y siglos. Recorrer estos pasos permite ver marcas de cantero, pequeñas cruces y reparaciones antiguas que cuentan inviernos duros, oficios desaparecidos y la intuición geométrica de quienes aprendieron mirando el río y escuchando al granito.
Los canteros se organizaban por cuadrillas, compartían herramientas y transmitían secretos en el tajo y la taberna. Sabían cuándo el río permitía cimentar, cómo colocar la cimbra y dónde conseguir la mejor piedra. A su lado trabajaban carpinteros, arrieros y mujeres que acarreaban cal. Este tejido humano, silencioso y firme, dejó una lección de cooperación que aún sostiene nuestras pisadas.
La utilidad diaria de estos pasos se siente imaginando a peregrinos mojados buscando cobijo, campesinos con cestos de manzanas camino de feria y campanas llamando desde la otra orilla. Cada cruce ahorraba horas, evitaba riesgos y acercaba oficios. Por eso muchos puentes guardan huellas pulidas en la piedra, talladas por pies cansados que, sin saberlo, escribieron una crónica de paciencia y barro.
Una vecina contaba que, de niña, cruzaba al amanecer con pan aún tibio mientras la niebla lamía el río. Aprendió a contar dovelas para espantar el miedo. Hoy, ya mayor, vuelve despacio, sonríe al tocar la barandilla fría y dice que el Tambre guarda nombres en secreto, pero devuelve valentías a quien cruza con cuidado y gratitud.
En una tarde de invierno, dos desconocidos compartieron banco mirando el Miño humeante. Uno hablaba de su abuelo cantero; el otro, de termas y desvelos. Sin darse cuenta, terminaron caminando juntos sobre un puente antiguo, midiendo piedras con pasos lentos. Dijeron adiós sin nombres, sabiendo que volverían a encontrarse en la orilla donde el agua iguala biografías.
En Allariz, un niño quiso contar todas las piedras del arco mientras su madre le enseñaba a escuchar al río. Perdidamente concentrado, olvidó el número cuando una nutria asomó. Rieron, volvieron a empezar y cedieron ante la corriente. Aprendieron juntos que hay cosas que no necesitan contarse para ser comprendidas, como el rumor que se queda dentro.
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